Caminatas de marzo

Durante marzo me propuse salir a caminar todos los días, calculando una media de 3 km por día, este mes caminé unos 90 Km. Casi como ir caminando de Mercedes a Buenos Aires, o de  Lalleu a Angers. Unas 15 horas de caminata en un mes. 

No es muy exacto y no sé si es mucho o no, pero verlo de esta forma es divertido. De todas maneras, no fue un desafío físico, sino de fuerza de voluntad.

Lo más difícil fue romper la resistencia de quedarme en casa, calentita, entretenida, cansada. Pero una vez fuera, la única prisa era volver antes de que se terminara de ponerse el sol. Casi todos los días salí a eso de las 18 hs, justo antes del atardecer, cuando ya había terminado todas las actividades del día.

Tengo tres circuitos cotidianos que salen de la puerta de casa. El más largo es un bucle, que hago en 45 minutos. Tiene una pendiente pronunciada al principio y si se va a buen ritmo, al llegar a la cima hay que aflojar un poco para recuperar el aliento. El premio es un vista preciosa del pueblo y los alrededores. En el horizonte se ve una hilera de molinos de viento, que todavía me parecen algo nuevo y extraño. Ésta es la parte más linda del bucle, después se suceden casas en mal estado y una granja grande de vacas, donde hay siempre un olor muy fuerte a ensilado. El final es sobre la ruta que lleva a Janzé, la ciudad grande más cercana, así que suele estar bastante transitada, pero como este mes salí a caminar después del "couvre feu" (el toque de queda, a las 18 hs), me sentía un poco más segura. 

 

Caminata 1: El bucle (hacer click para ver más grande)

 Hay otras rutas que son mucho más tranquilas, como una de las otras dos que tomo cuando salgo a caminar, mi favorita, se puede decir que no lleva a ninguna parte (ciudad, pueblo ni aldea), solo a casas perdidas en el medio de campo. Casas viejas con terrenos llenos de zarzas, dejados al abandono y gallineros formados por multitud de pequeñas estructuras de chapas. Supongo que están habitadas por abuelitos que viven ahí desde hace 50 años... Yo no cruzo frente a ninguna en mi caminata diaria, hago media vuelta en cuanto llego a la primera. Este camino, luego de alejarse del pueblo, va por la ladera de una colina, paralelo a un arroyo que no se ve, pero se adivina allá abajo, donde está la hilera de árboles que lo acompaña. Entre el camino y el arroyo desciende los campos de pasturas verde brillante, tan bajos y encharcados que parece increíble que las plantas crezcan. Cada tantos metros, al pie de los postes de alambrados, hay montículos de piedra que el agricultor va dejando cuando las encuentra en el campo. Los montículos parecen nuevos, ¿cuántos siglos hace que están sacando rocas infinitas de esos campos? ¿Qué hace luego con ellas? En el medio de una parcela hay una piedra blanca del tamaño de un poney que siempre me interroga también sobre su origen. Un día habían hecho un pozo muy profundo al lado de la ruta y pude ver el perfil del suelo, la tierra hasta un metro o más es de color rojo, casi como la de Misiones, y la cantidad de piedras, enorme y de cualquier tamaño. Todavía no lo hice, pero en cualquier momento terminaré informándome sobre el origen geológico de las tierras de Bretaña...

 

Caminata dos: Mi favorita

 

En este camino, como en el tercero, que tomo cuando quiero hacer algo distinto, hay un lugar donde el paisaje y la tranquilidad me invitan a pararme cinco minutos. Me encanta sentarme en el medio de un paseo y no hacer nada más que mirar, escuchar los ruidos y sentir el ambiente. Los pajaritos empiezan a estar contentos con la primavera (claramente, la sienten antes que nosotras...). Me siento frente a un estanque, un reservorio de agua de la granja que está a unos metros, bajo dos árboles enormes (robles, creo, todavía nunca los vi con hojas) que parecen ser los únicos que no están talados en los alrededores. Cada tanto se deja ver en el estanque algún "ragondin" (coipo o nutria roedora, nativa de Sudamérica que hace desastres por acá). A lo lejos, en la colina de enfrente, cruzando el arroyo, veo otra granja y algunas vacas. Es increíblemente tranquilo. 

Desde ahí, bien a mi derecha, casi podría ver el lugar del tercer camino donde me siento también a mirar el lugar y el paisaje. Desde ese otro punto, la vista es completamente distinta, más abierta y con el pueblo enfrente, detrás de la colina, como enterrado. Para llegar a este lugar crucé también el arroyo por un puente en el que un día vi también otra nutria, comiendo tranquilita en un claro entre los árboles. 

 

Caminata 3: La ruta de Thourie

Un día cuando volvía a casa vi animales grandes que cruzaban la ruta y montaban la colina de una de las pasturas. Eran ciervos hembras (“biche” en francés) que en general se ven solas, o con alguna cría, pero esa tarde, a contraluz del sol, conté cinco grandes (¡cinco!) que se perdieron de mi vista al otro lado de la colina. Como hacen para vivir animales tan grandes entre los pocos árboles que me parece que hay, me parece un misterio.

A parte de mis vueltas alrededor de casa, hubo dos días este mes que nos fuimos de paseo e hicimos juntas caminatas más largas.

El primero fue un domingo en el que vimos que milagrosamente había amanecido soleado (aunque muy frio). Entre el mal tiempo y el toque de queda, hacía unos 5 meses que no salíamos de paseo y que no íbamos más lejos que Châteaubriant, la ciudad donde está el mercado. Yo quería visitar un camino que me habían recomendado en un pueblo cercano, y buscando en internet encontré otro interesante, en Poligné, a unos 15 minutos de casa. El camino del “Tertre Gris, sur les pentes du volcan” (quiere decir: “El Montículo Gris, en las laderas del volcán”). Nos extrañó saber que teníamos un volcán tan cerca, no hay montañas por estos lados...

Salimos al mediodía, cuando hacía más calorcito. Es increíble cómo en tan poca distancia el paisaje puede cambiar tanto. Poligné está en la cima de una ladera rocosa, la ruta es empinada y las casas están construidas en pendientes. El campo estaba más seco y árido. El conjunto casi daba una impresión de montaña y de vacaciones.

La caminata que hicimos, de 5 km, es un bucle que comienza en un bosquecito, arriba, saliendo del pueblo y que desciende hacia el río Semnon. Una vez abajo se pueden apreciar las paredes de roca de una antigua cantera de piedra. Al parecer las rocas son depósitos de materia orgánica fosilizada (como carbón) que podían encenderse de manera espontánea, provocando columnas de humo negro que hizo nacer la leyenda de que en el lugar había un volcán (resuelto el misterio).

Más allá del interés histórico y las curiosidades del lugar (hay varios carteles de interpretación a lo largo del camino), el lugar es muy lindo para caminar, ya sea entre los árboles, al borde del río de caudal tranquilo o por las calles del pueblo. Fue uno de los primeros día de primavera, el cielo no tenía ni una nube y por todos lados los narcisos amarillos en flor coloreaban el camino. Me dijo mi vecina que son la primer flor que se abre y que marca el inicio de la estación. 

 

Un túnel de la mina, hecho a mano



Camino al borde del Semnon

Paredes de piedra de la cantera


La otra caminata que hicimos fue en el mar. Hace un par de semanas, cuando vimos que anunciaban temperaturas de más de 20 grados y que por el cambio de horario habían extendido el toque de queda hasta las 19 hs, nos decidimos a hacer el viaje de hora y media hacia la costa. Fuimos hacia el Atlántico, que todavía no había visto nunca (en Francia) y en internet encontré una linda caminata en Pénestin, pueblito ubicado en una península donde La Vilaine (el río que separa Bretaña de las regiones limítrofes) desemboca en el océano.

De nuevo sentí un aire de vacaciones, saliendo temprano de casa, el día soleado, el viaje, los pueblos nuevos que descubríamos en el camino…

Empezamos la caminata de 8 km, entre los bajos de unas antiguas salinas al borde del mar, luego cruzamos la campaña para llegar al otro lado de la península y poder por fin descender al mar y caminar por la costa. La cantidad de gente (y sin máscara!) nos sorprendió. Al parecer ese lugar es un favorito para la pesca a pie, casi todos eran abuelitos con sus canastas y sus baldes caminando entre las piedras y volviendo a tierra cargados con sus trofeos. Ostras, mejillones y algas. El buen humor era general, daba gusto ver gente contenta sin pensar en el virus, caminando, golpeando las piedras con sus martilllitos, charlando entre ellos. Supongo que como nosotras, todo el mundo estaba contento por tener por fin unos días de calorcito.

Además de la vista del mar a nuestra izquierda, hacía el otro lado teníamos una pared de tierra muy alta, naranja como polvo de ladrillo, de una belleza imponente. Al volver al estacionamiento elegimos un lugar para comer y pasar la tarde al solcito, disfrutando como lagartijas y tomando los primeros colores del año. La marea estaba demasiado baja y el mar a más de 100 metros, pero esperamos hasta el final de la tarde que se acercara. Íbamos decididas a bañarnos, así que nos pusimos nuestras nuevas zapatillas y bajamos, las únicas dos locas en traje de baño. Pero luego de hacer uno o dos metros sobre la arena y cuando las pequeñas olas nos tocaban los tobillos, nos empezamos a enterrar en un barro pegajoso que no nos dejaba avanzar. Gritos, decepción, baño terminado antes de empezar y pies sucios, fracaso total. Y encima el agua no estaba tan fría… una hora más tarde, cuando el mar había subido hasta la arena lo volví a intentar, pero seguía estando bastante turbia, así que solo me di un chapuzón y salí. Tendremos que volver al mar en el norte, donde es seguro que el agua está helada, pero es cristalina. 

 

Los pescadores de ostras de Pénestin



La entrada al jardín secreto...


 

El paseo al mar de hace dos semanas fue una iluminación que tuvimos y que agradecemos, porque los días siguientes nos enteremos que volvían a confinar. Justo cuando los días empezaban a ponerse lindos para pasear… la noticia nos bajoneó un poco. Mi cumpleaños de nuevo encerrada, y complicaciones hasta para hacer las compras, para trabajar, etc, etc. Pero bueno, no creo que quede alguien que no esté harto a estas alturas del virus y todo lo que se armó alrededor…

La buena noticia es que empecé a trabajar y que es sin duda uno de los mejores trabajos que podía esperar. Contaré más en otra publicación.

Hasta acá mi actualización del mes de marzo. Para abril pensé desafíos pero al final ya estamos a la mitad y no me decidí por ninguno. Estoy suficientemente entretenida con el trabajo, la huerta y la casa, así que pongo en pausa todo lo demás, pero mantendré actualizado el blog ;)

 

Aunque no hay foto que les haga justicia, este es el color de los campos y las colinas desde hace varios días. Es colza, y en otras parcelas ya se empezó a sembrar el maíz.

 

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