Malena

O buscando las palabras para despedirse de un perro.

Malena se va con 16 años y medio.

Una vida larga para un perro de su (mezcla de) raza.

Malena vivió casi la mitad de mi vida. Y puedo decir que su llegada marcó una inflexión en mi juventud.

Mi papá y mi mamá aceptaron por fin que tuviera un perro el mismo mes en el que terminé la secundaria y a la misma edad que mi mamá me tuvo a mí. Será por eso que me tomé la responsabilidad tan en serio, aunque en responsabilidad ya estaba bastante entrenada.

Fue un momento un poco sensible quizás, regalarme un perro justo cuando tendría que haber podido seguir mi propio camino.

Una cosa es segura, tener un perro era algo que deseaba desde hacía muchísimos años. Como con otras cosas en mi vida, era un deseo que me hacía sentir desconectada de mi realidad. Por qué cuando todos los jóvenes piensan en noviecitos, joda y el futuro, a mi me obsesionaban los libros, la ciencia, la jardinería, los animales?

La cuestión es que cuando por fin tuve a mi perra, no quise tenerla como todo el mundo en Argentina. Yo quería un perro para sacarlo a pasear, enseñarle a traer la pelota, bañarlo y que durmiera conmigo. Pero resulta que no todo el mundo estaba de acuerdo con esto. La verdad es que un simple perro trajo muchísimos conflictos en la familia y los primeros años de Malena estuvieron cargados de emociones intensas.

Quizás fue solo que la perra fue un elemento externo que se juntó a muchas cosas que pendían de un hilo en la familia. En algún momento, más vale tarde que nunca, las cosas se equilibraron o quizás fue solo que se partieron en mil pedazos y que entonces un simple perro quedó en segundo plano.
 

Además, como terminaría por aprender, el carácter de un perro se estabiliza después de los tres o cuatro años.

En todo caso, puedo decir que Male acompañó una etapa de mi vida.  

Malena es mi joven adultez en Argentina. Es mis hermanas chiquitas, mi abuela en casa todos los días, mi mamá y mi papá todavía juntos. Es también mis dilemas existenciales, el descubrimiento de cosas nuevas, la universidad, el trabajo en Apícola y la vida en Mercedes.

Mirando para atrás me da la sensación de que en esos años me sobraba el tiempo. Tiempo para mi familia, para paseos, para estudiar, leer en el parque abajo de un árbol (aunque a Male no le gustaba quedarse quieta y esperar, algo que no dudé en enseñarle a Yaku).

Fue una parte más de mi familia y su recuerdo se mezcla con una sensación de infancia y de ternura. Y tener eso es de las cosas que la consuelan a una cuando sentimos miedo o incertidumbre en este mundo loco en el que vivimos.

Con ella descubrí que cada especie animal tiene su propio lenguaje y manera de vivir en comunidad. Con Yaku confirmaría además que cada animal es un ser único con una identidad propia. Pero eso fue más tarde, con Male empecé por dejar atrás una educación donde los animales (y sobre todo los domésticos) solo existen en relación al ser humano. Todo esto fue como una revelación, que por supuesto influyó en mis creencias religiosas y hasta en mi relación con la alimentación y la ecología. Quizás hubiera llegado a las mismas conclusiones sin ella, pero eso nunca lo voy a saber.

Cuando era cachorra empecé a aprender (y experimentar) cosas de adiestramiento y de educación canina, aunque en esos años donde César Millán era la estrella, las técnicas que se recomendaban para enseñar a los perros hoy están casi obsoletas. Hoy la educación canina la veo menos estricta y dogmática, más adaptable a cada individuo.

Pero no quiero ponerme demasiado técnica ni filosófica en este texto.

Cuando pienso en Malena, pienso en todas las cosas que podía hacer con ella y que no puedo con Yaku. Y también en todas las que hago con Yaku y que nunca pude ofrecerle a Male.

Con Male aprendí a salir a caminar y luego, a sentirme fuerte. Creo que si hoy me siento en forma, es gracias a ella. Y todavía hoy, salir a caminar con mi perra es de las actividades que disfruto casi cada día.

Caminábamos tanto juntas que cuando estaba sin ella me parecía raro no escuchar el ruido de sus patitas. Juntas paseábamos por la trocha cuando todavía no era La Trocha (y me da una referencia de que las cosas pueden pasar tan rápido como la vida de un perro). Algunas mañanas íbamos a visitar a mi mamá al trabajo, o a mi abuela los domingos después de venir del parque.

Muchas veces mi mamá o mis hermanos nos acompañaban. Los domingos íbamos con las nenas al parque y en la semana, todas juntas a alguna plaza.

Malena adoraba las siestas al sol, se ponía panza arriba apoyada en la pared y cuando le daba demasiado calor se iba un rato a la sombra y viceversa. Una perrita bien argentina, con alta tolerancia al sol. Todo lo contrario de la bretonsita que tengo en casa ahora, que se cansa cuando hace más de 20 grados.

Siendo todavía una cachorra le enseñé a no tirar de la correa, a esperar mi señal para cruzar la calle, a venir a la llamada, a jugar con una pelota, a saltar para atraparla.

Y si como cualquier perro al que se le de la oportunidad, Male adoraba los paseos, si eran en bicicleta era todavía mejor. Son incontables los domingos en los que salíamos a pedalear durante más de una hora, cuando la ciudad todavía se recuperaba de la resaca del sábado. Le encantaba correr al lado mío y era increíblemente educada en la ciudad. Me seguía siempre a la misma distancia, sin necesidad de correa. Doblaba y frenaba cuando yo le decía, y una vez en zona segura corría por el campo y el parque disfrutando de la libertad y de los olores. Con ella descubrí el campo a la mañana temprano. Las lechuzas nos seguían y a veces le rasguñaban el pelo para alejarnos de sus nidos. Veíamos lagartos escapar en el medio de las vías abandonadas del tren.

Otra cosa que Malena adoraba era el agua. Cualquier charco un poco grande la ponía en un estado de felicidad tremenda. Le encantaba correr a toda velocidad y salpicar agua por todos lados. Me acuerdo del dia en que viendo como no se terminaba de animar a nadar en el río, siempre en el borde por hacer pie, le di un pequeño empujoncito que la lanzó y desde ese momento descubrió que nadar sería su pasión. Tenía menos de un año. Con el tiempo fue ganando confianza. Le encantaba saltar al agua desde lugares altos cuando le tiraba un palo o su juguete. Si le costaba salir en el borde del río, me dejaba que la ayude, tirando de la piel de su cuello para sacarla.

Me tenía una confianza ciega (cosa que a veces todavía me cuesta encontrar con Yaku, aunque somos muchos más unidas de lo que fuimos con Male).

Male adoraba venir con nosotros en el auto, sobretodo la decepcionaba que la dejemos sola en casa. Yaku a veces prefiere vernos partir que subirse (aunque esto está cambiando de a poquito).

Teníamos un lenguaje propio, que funcionaba sobre todo en los paseos, cuando estábamos solas. En una casa donde siempre había mucha gente, Male me enseñó a salir para disfrutar de la soledad. Si cierro los ojos todavía veo las calles que recorríamos juntas y por las que nunca hubiera pasado sin ella, sobre todo porque me hizo descubrir la sensación de seguridad que da a una paseadora solitaria  la compañía de un perro.

El resto del tiempo, tuve que aceptar que Male fuera la perra de la familia. Nunca logré que mis hermanos no le dieran de comer en la mesa, a escondidas. Eso la hizo una mendigadora experta.
La abuela Luisa le daba de comer los restos de la carne de las milanesas directo desde la mesada. Se habían acostumbrado tanto las dos que mi abuela lanzaba los restos de grasa (con bastante carne) por el borde de la mesada y Male las atajaba antes de que caigan al suelo. Yo sabía que mi abuela la malcriaba tanto porque sabía lo que yo quería a esa perra.

En el día a día era una perra muy fácil, de carácter serio y tranquilo. Ladrada bastante cuando escuchaba a la gente pasar por la calle, y sé que esto podía cansar a mis hermanos que dormían más cerca. No le gustaban mucho ni los cachorros ni los nenes chiquitos. Prefería quedarse tranquila a dormir y que no se le acerquen, una vez le tiró un tarascón a mi prima bebé que la había “tocado” mientras dormía.

Todas estas cosas me estresaban un poco, y me daban la impresión de que mi familia no tenía la misma percepción de la perra que yo.

Muchas veces la olvidaban fuera cuando salían. Yo sabía que era mejor que no estuviera con nenes o que mejor no correr cerca de ella, porque tenía la tendencia a querer pararte tirándote de la ropa. Me ponía triste verla solita del otro lado del vidrio, aunque bastante rápido aprendió a abrir puertas (pero obvio que nunca a cerrarlas).

Una vez mi mamá trajo a casa un conejo y logramos que Male conviviera con él, pero implicaba muchísima atención, y estando yo de viaje, y el conejo con hambre se acercó a su plato, Male lo mató de un solo tarascón. Mi mamá estuvo enojada con la perra muchísimo tiempo, y a mí me parecía muy injusto.

Su pasatiempo de más mayor era cazar las lauchas que entraban en la casa, era increíble la velocidad y eficacia que una perra tan grande podía tener y sin que nadie le enseñara. Sabíamos que había una laucha en un rincón porque no paraba de temblar de excitación. Eso la reconcilió con mi papá y a veces los dos hacían un equipo para sacar las lauchas de abajo de la heladera.

Aunque con los años llegó a formar parte indivisible del entorno familiar, nunca logré que Male tenga una cama adentro de la casa, hubo límites que mi mamá no podía soportar. Las reglas de las casas no las ponía yo y con el tiempo nos adaptamos. Pero al final logró hacerse un lugar en el sillón cuando no la veíamos.

A Male no le gustaba que la dejen sola encerrada en una habitación, se estresaba, prefería quedarse siempre cerca de nosotros y eso hacía difícil aislarla en los momentos que le serían complicados de gestionar. Ese fue uno de los grandes errores que no pude controlar, porque como al principio la regla era que no entrara en la casa,  estar sola en el patio creo que le causó un miedo desproporcionado a los ruidos fuertes.

Era su mayor “defecto” si se puede llamar así. Cuando tenía miedo, rascaba con su pata para abrir la puerta y este comportamiento le duró muchísimos años y nos trajo muchos conflictos. Rascar se convirtió en un tic que la hacía destrozar muebles y quedarse atascada en lugares muy estrechos. Nunca funcionaron los calmantes ni que intentáramos calmarla estando cerca de ella. Esto me hizo detestar el mes de diciembre, cuando todos los nenes del barrio empezaban a estar de vacaciones y se inauguraba la temporada de fuegos artificiales.

Aunque con los años tuve que empezar a tomar mi propio camino fuera de casa, trabajar y hacer otras actividades, tener otras relaciones, siempre intenté continuar con los paseos al menos una vez por semana.

Cuando me vine a vivir a Francia, Male ya tenía más de 10 años y tener que dejarla fue una de las cosas que me dio más culpa. Pero no le gustaba estar lejos de casa, excepto si estábamos en movimiento, y creo que no hubiera podido alejarla de lo de mamá y de todo lo que ella conocía. Al menos en ese momento, no lo veía posible.

Sé que mi familia hizo todo lo que pudo, pero también sé que yo era la sola a ocuparme realmente de ella y a darle lo que más le gustaba. Sacarla a pasear en mis visitas a Argentina, era como volver un poquito del pasado y recuperar esa conexión, aunque imagino que mi partida la hizo envejecer más rápido.

Antes de que me fuera me parecía imposible pensar que le quedaban pocos años de vida. Estaba en forma a pesar de un par de operaciones, con buen peso y sé que tantos años de paseos y de ejercicio fueron lo mejor que le pude ofrecer para vivir tantos años.

El año pasado la vi y sentí que quizás no volvería a verla, estaba muy vieja, muy flaca, sorda (al menos ya no escuchaba los cohetes y las tormentas) y con la vista muy cansada. Pero salir a pasear la seguía haciendo feliz.

Hoy me siento muy rara. Le dejé toda la responsabilidad de su vejez a mi familia y no me siento en el lugar de expresar ningún deseo que pudiera tener para sus últimos días. 

Lo mínimo que puedo ofrecerle es este texto en homenaje por todo lo que me enseñó. Miro las fotos y casi puedo sentir la emoción del primer perro y todo lo que vivimos esos años, los recuerdos me inundan y no puedo resumirlos todos en un solo texto.

Sólo puedo decir gracias a mis papás por ese regalo, aunque sé que muchas veces se arrepintieron, yo disfruté de las cosas lindas a full.

Y gracias Male por tantos años de amistad, y por enseñarme el valor y la simpleza de la vida de un perro.

PD: A todos los que se reían de mí y me decían que sacaba demasiadas fotos de la perra: no es verdad. Nunca hay demasiadas fotos de niños y mascotas. Pero tranquis, solo comparto unas pocas. (si me ponía a ordenarlas este texto nunca hubiera sido publicado...)

 



Lo dicho, siestas al sol







Con Mía bebé

12 años



10 años

10 años


12 años

12 años

14 años


Cuando llegó a casa, con un mes


4 meses


25 de diciembre

Misma pasión :P


Yendo a la colonia




Compartió el patio con Jazmín durante muchos años

Nos trajo varios gatitos a casa


Juvetud divino tesoro T_T















5 meses

11 años




Jugando a la Bella y la bestia


No, no son madre e hija

Trop belle <3

 

 

 

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