Vacaciones en el Morvan y el Jura - Parte 5: Sol, caminata y un pueblo improbable

Voy llegando al final de esta serie sin pies ni cabeza que terminó haciéndose más larga de lo que había pensado. Es increíble cuanto se puede contar de sólo dos semanas y las infinitas maneras de hacerlo. Podría haber hecho una cronología de cada día, o de cada lugar o de cada caminata pero salió así. Pero al final conté más sobre nuestra manera de viajar que de los lugares en sí, así que voy a terminar contando un poco lo que conocimos y lo que hicimos allá.

El parque natural regional del Morvan fue nuestro primer destino. Ahí llegamos en ese primer día que dormimos la siesta a orillas del lago des Settons y donde más tarde encontramos el pequeño Saint-Agnan para dormir.

Para mí, argentina acostumbrada a la idea de grandes extensiones deshabitadas, un parque natural hacia referencia a una zona casi salvaje, un gran bosque protegido y sin población. Todavía no caigo en la cantidad de gente que hay en este país y de lo chiquito que es en proporción. Prácticamente no existen zonas sin deshabitadas, hay pueblos y aldeas en todos lados y la denominación de parque natural hace referencia a un equilibrio respetuoso entre el ecosistema y la actividad humana, una zona rural, donde la actividad agrícola se integra con el paisaje y quizás una mayor proporción de árboles que en otros departamentos de Francia.

La gente que vive acá tiene mucha suerte. Es una zona de altura intermedia, en promedio 500 m, y el paisaje es de numerosas colinas y lagos de diferentes tamaños. Los colores del cielo y el paisaje son brillantes y uniformes gracias al aire limpio, y el suelo es casi rojizo, como si estuviera oxidado lo que se nota también en el agua oscura y de sabor metálico.

Los días que estuvimos ahí nos la pasamos tomando sol y nadando en el lago, sobreponiéndonos del viaje y de un verano sin poder pasear, porque yo trabajaba los fines de semana. El sol pegaba fuerte y a mediados de la tarde teníamos que buscar refugio bajo la sombra de los árboles.

Casi no nos movimos de Saint-Agnan. La vista desde cualquier lado era preciosa, el sol un regalo y el ritmo tranquilo un placer enorme. 

El primer día nos achicharramos un poco de tanto que estuvimos como lagartijas a orillas del agua. El segundo día ya nos sentimos con fuerzas para caminar e hicimos la vuelta del lago en una caminata de casi tres horas. El paseo comienza donde estábamos estacionadas, justo antes de un puentecito y pocos metros después está la pequeña aldea de Saint-Agnan. Nada más pasar la aldea el camino se adentra en una arboleda justo frente a los campos de vacas que veíamos desde nuestro "dormitorio". Está más alto desde este lado y el lago parece más grande. El camino sigue entre los árboles hasta que por fin se acerca al lago y dejamos de ver campos. Estábamos en un bosque donde en los tiempos de la segunda guerra mundial, los maquis de la resistencia francesa pasaron un invierno escondidos y muertos de frio. La capilla donde se escondieron sigue en pie. En esos tiempos la laguna no existía, todo era bosque y parece que ese invierno fue particularmente frío y nevado. Me gustó el lugar, porque en el verano en Argentina habíamos visto una serie francesa que pasaba en un bosque del Jura y contaba sobre la ocupación alemana durante la guerra. Me sentía como en un escenario de la serie. 

 

Vista de Saint-Agnan desde el camino


La capillita de los maquis

 

Después del bosque y llegando a dónde está la represa del lago vimos a mucha gente acampando, pescadores o familias que se instalaban pegados a la orilla. Pero la costa en ese lado es menos abierta y luminosa y el viento arrastra los residuos de la superficie así que el agua parece más sucia. Una vez cruzada la represa, el camino sigue por una zona muy arbolada, pero se ven algunas casas perdidas y poco después establos para caballos y ponis muy simpáticos que se acercaban al vernos pasar. La última parte del camino, que se une a la ruta, fue dura, ya no había árboles ni sombra y el sol empezaba a pegar muy fuerte. Llegamos hasta el coche muertas de calor y agotadas.

El resto del día nos lo pasamos leyendo, yo acababa de empezar "La tregua", de Primo Levi y Sabri, "La vuelta al mundo en ochenta días" de Julio Verne. Se lo regalé para su cumpleaños porque me sorprendía que siendo francesa nunca hubiera leído ese libro, y por supuesto, le estaba encantando. Casualmente, las dos leíamos libros sobre viajes. El de ella mucho más alegre, pero a pesar de que "La tregua" cuenta el duro periplo de dos años que el autor hizo al finalizar la Segunda Guerra para volver a su país después de estar en los campos de concentración, no lo hace de una manera dramática, sino más bien curiosa y casi esperanzada por el avenir. Resultó un compañero genial para las vacaciones.

Al día siguiente nos sentíamos preparadas para emprender el camino hacia el Jura. Empezaba realmente la subida a la montaña. De pasada por la biocoop, nos tomamos un tecito de desayuno en Autun, otra ciudad con una catedral imponente, y empezamos realmente la subida a la montaña.

La primera parada una vez en el Jura, a principio de la tarde, fue en Baume-les-Messieurs, el pueblo más improbable que veía hasta el momento. Para llegar hay que descender una ruta empinada y zigzagueante hasta el nivel del arroyo a orillas del cual construyeron la abadía y el diminuto pueblo alrededor. Como verán, la lista de pueblos construídos alrededor de monasterios puede ser infinita por acá. Pero ahí donde en la Charité-sur-Loire había una especie de decadencia señorial, en Baume, mucho más chiquitito, se respira un aire alegre y bullicioso. Es un lugar atractivo al que llegan muchos turistas. 

No solo el pueblo es súper pintoresco, sino que está en el fondo de un anfiteatro natural, en un accidente geográfico del que no encuentro traducción al español (reculée), porque al parecer tiene que ver específicamente con este tipo de suelo y de geología. Si mirás a tu alrededor te ves rodeada de paredes de rocas y el valle del centro es verde y con mucho árboles en el camino del arroyo. Es verano, hace calor, la gente pasea y parece feliz. 

La atracción principal (además de toda la vista increíble del lugar) son las cascadas de una de las fuentes de agua que nacen en ese anfiteatro, pero para decepción de Sabri, ahí donde ella había visto hace unos años unas abundantes aguas caer entre las rocas, no quedaba más que una gotera intermitente que salpicaba sobre un charco verdoso. 

 

Eso debería haber estado lleno de agua cayendo por todos lados...


La vista del "reculée" desde el pueblo


 
La abadía a la derecha
 

Yo estaba encantada con la belleza del lugar y, sin muchas espectativas, me sentía maravillada. Había mucha gente, caminamos por el pueblo y nos comimos un helado riquísimo (frambuesa, pistacho y praliné) a la sombra de un árbol junto a los muros de la abadía, bien conservada y donde hasta pareciera que vive gente.

Preguntamos por información y nos dijeron que el verano fue tan seco que por todos lados podría estar así, cascadas sin agua y lagos vacíos. Nos esforzamos en pensar positivo y no creerlo hasta verlo con nuestros propios ojos. Habíamos pensado pasar la noche ahí pero sin agua iba a resultar imposible, hacía mucho calor y necesitábamos bañarnos.

Volvimos al auto y decidimos adentrarnos más en las montañas para encontrar los mejores lagos. El lago de la Abadía fue nuestro salvador. Frio, grande, hermoso con sus aguas claras, nos regaló un baño reparador antes de irnos a dormir. 

El resto de las vacaciones en el Jura fueron de caminatas cada mañana por distintos lugares donde la vista en las partes más altas era de una belleza increíble, el agua es de color turquesa vista desde arriba y la cantidad de lagos casi infinita. Hay muchos saltos y cascadas impresionantes que sobrevivían a pesar de la sequía. 

Pero esta publicación ya se hace demasiado larga, así que contaré más sobre el Jura el la próxima entrada. Mientras tanto, los dejo con más fotitos :)

 

En un patio de la abadía de Baume-les-messieurs

La otra pared del "reculée"

 
Un arroyo en el Morvan

Salto del Gouloux, otro paseo que hicimos en el Morvan
 

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