Vacaciones en el Morvan y el Jura - Parte 1: El viaje
Sabri ya había estado en el Jura (Se pronuncia, más o menos, "Yurá") hace un par de años y desde que nos conocemos me decía que quería que vayamos juntas. Así que en nuestra primera posibilidad de vacaciones en Francia no nos costó mucho decidirnos.
Para llegar hasta allá, en la frontera con Suiza, desde donde estamos, es necesario cruzar todo Francia yendo casi en línea recta hacia el este con una ligera inclinación hacia el sur. Un viaje de unos 650 Km u 8 horas de manejo ininterrumpido.
En Argentina estamos acostumbrados a hacer distancias grandes, mi papá manejaba sin parar más de 1000 km, derecho hasta Tucumán, pero no es mi ideal empezar unas vacaciones encerrada adentro del coche todo el día. Sabri está más acostumbrada a hacer pequeñas paradas durante el viaje (para los franceses 400 km ya es lejos...) y además decidimos hacerlo en dos etapas y así conocer un poco más de lugares. Todo es nuevo para mí y todo me parece genial así que me dejo guiar.
El primer destino definido fue el Parque Natural del Morvan, a cinco horas de coche. Era el segundo día de septiembre, las vacaciones escolares ya habían terminado, así como mi trabajo en el camping. Preparamos lo poco que había para preparar y salimos bien temprano en la mañana. Sabri se entusiasma tanto que casi no puede dormir, yo la sigo medio zombi al principio pero enseguida me despejo y me pongo en modo felicidad de vacaciones.
Antes de las 8 ya habíamos pasado Tours y paramos al borde de la Loire a desayunar. La Loire es el río más largo de Francia. Su importancia económica hasta la aparición del tren fue enorme ya que conectaba el centro del país con el océano Atlántico desde donde podía comerciarse con el resto del mundo. Aún hoy, el puerto de Nantes, que inspiró la imaginación de Julio Verne, es uno de los más grandes del país, aunque los productos ya no lleguen navegando por el río. Esta importancia dejó en sus alrededores un increíble registro en forma de castillos renacentistas, iglesias, abadías y otras incontables construcciones de piedra.
Yo estaba en una nube, mi vista no paraba de recrearse en tantas cosas nuevas y a la vez reconocía nombres alguna vez leídos o escuchados de chica, en lecturas y curiosidades adolescentes. Angers, Tours, La Loire... todo tan romántico! Me encantan los carteles de señalización por todos lados, las casas de piedra y los puentecitos centenarios. Me gustan menos las enormes zonas comerciales, el constante tráfico de autos y los pueblos casi vacíos... hay zonas que son máscaras turísticas que esconden detrás abandono y consumismo. El pasado y el presente se entrecruzan de maneras complejas y yo me siento afortunada de poder contemplarlo.
Después de otro par de horas de coche, como suele pasar, el viaje empezaba a durar más de lo que habíamos calculado y ya cansadas, parecía que el Morvan se alejaba en lugar de acercarse. Cruzábamos una zona agrícola de extensas llanuras. El contraste es grande con el paisaje de Bretaña, que cambia todo el tiempo, con sus colinas suaves y verdes que dejan perder la vista en un horizonte siempre escondido y sus hileras de árboles separando las pequeñas parcelas. Entre Tours y el Morvan el paisaje es plano, con grandes cultivos de maíz y de soja, rutas rectas, pueblos y granjas muy viejas y después de un verano seco y soleado como el que pasó, el polvo y el amarillo de la tierra dan un aire de desolación. Un desierto. No debe haber mucho turismo, es una zona de paso, de producción.
Como no tenemos GPS, seguimos nuestra ruta gracias a una guía Michelín que está siempre en el auto. Un bodoque grande y pesado, que permite ver hasta las rutas más chiquitas de los pueblos y también los lugares turísticos. Es genial. Sabri maneja y yo miro cada tanto la guía para ver donde estamos. Imposible perderse nada, pueblos con dos o tres estrellas te invitan a entrar cuando pasas cerca y sumado a la desarrollada señalización francesa, hay que mantener un objetivo claro sino el viaje se haría eterno, porque mismo en las rutas largas y rectas del centro de Francia hay pequeñas joyas para descubrir.
Una de ellas resultó ser La Charité-sur-Loire. (En español significa "La Caridad" y "sur Loire" hace referencia a que está a orillas de ese río).
La Charité está al final de un largo puente de piedra que cruza el rio de cause anchísimo, aunque con agua solo en el centro. A su alrededor, campos, y en frente este pueblo de piedras, con una catedral imponente por su tamaño, sus arcos y escalinatas, las ruinas de un antiguo monasterio y callecitas estrechas y en bajo nivel, que son como pasadizos secretos.
Se nota que conoció los tiempos de gloria de La Loire. Se construyó alrededor del monasterio cuya iglesia fue en la edad media la segunda más grande de Francia. Escenario durante la Guerra de los Cien Años, Juana de Arco luchó sin éxito para conquistarla en nombre del rey de Francia. Luchas religiosas, incendios, destrucción, revolución. De todo eso quedan ruinas descomunales y una hermosa iglesia que surge como de las cenizas. Los salones enormes de lo que era parte del monasterio albergaban cuando pasamos una inocente exposición sobre historietas. Deben sentirse tranquilos esos muros espesos después de todo lo que vivieron. O quizás se aburren...
Con la formación religiosa que tuve, entrar a un templo es volver siempre a un lugar familiar. Reconozco las escenas de las pinturas y las estatuillas de los santos. ¡Son tanto más variadas acá que en Argentina! Es divertido adivinar las escenas, aunque se me queda corto el conocimiento ante tantos años de historia. Hay imágenes de representaciones de la biblia que nunca había visto, de tamaño enorme, impresionantes y en gran cantidad también. Notre-Dame de la Charité es sobria y no tiene tantas imágenes, construida sobre los restos de la antigua, es muy alta, luminosa y de piedra clara al interior.
¡Me intrigan tanto estos lugares que además de pueblo o lugar religioso son museos vivientes! Me sorprende que todo eso, pinturas, estatuas (y hasta
los sacerdotes) puedan sobrevivir a la humedad soportada por siglos y
siglos. Algunas lo hacen mejor que otras, pero de todas maneras se puede
notar una triste decadencia. Imagino ese lugar en otros 500 o 1000
años, ruinas antiguas y sepultadas entre las que se paseen gentes que
apenas sepan quién era ese dios enterrados bajo los escombros. Me
pregunto si para ese entonces habrán sobrevivido el viejo puente y si
quedará agua en el ancho cause del rio.
Dejamos la seguridad fresca de los salones de piedra. En el exterior el cielo es azul y el sol quema con intensidad. Hay actividad en las calles, gente que vive su tranquila vida de pueblo, que hace las compras, que se para a hablar con los vecinos en los bares. ¿Cómo será esa ciudad el resto del año?¿habría más gente en pleno verano, qué vienen a hacer, se quedan a pasar la noche? A nosotras nos vino muy bien, caminamos entre sus calles y los salones del monasterio, e hicimos un pic-nic a orillas del río, dónde no había nadie más que nosotras.
Me costó separarme del lugar, ¡me impresionaron tanto su belleza y sus secretos escondidos! Pero el viaje tenía que continuar y con la panza llena y las energías renovadas, estábamos preparadas para la última parte del recorrido.
A principios de la tarde llegamos por fin a los límites del Morvan. A orillas del lago de Setton, grande y bastante concurrido, hicimos nuestra primera parada para bañarnos y dormir una siesta. Pero empezaba la cuenta regresiva para la puesta del sol así que después de relajar un poco y con nuestra guía en mano, empezamos a buscar por los alrededores un lugar agradable y tranquilo para pasar la noche.
Pero eso será parte del siguiente capítulo.
Algunas fotitos....
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| Hora del desayuno al borde de la Loire |
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| El puente de piedra y la Loire desde la Charité |
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| Notre Dame de la Charité desde las ruinas |
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| Callecitas y "el arco que sobrevivió" |
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| El río, el puente, la Charité y yo |
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| El lago de Setton ¡llegamos! |






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