La vuelta de Chelun
El domingo pasado, cuando salimos a dar el paseo diario para estirar las piernas, a Sabri se le ocurrió que si queríamos podríamos hacer toda la vuelta por Chelun, para alterar nuestra rutina y proponernos algo un poco más exigente en estos días en los que no podemos ir muy lejos. Significa caminar por la ruta, algo que en general no hacemos, pero pensamos que con el confinamiento seguramente habría menos tráfico.
Una vez que tiene una idea así enseguida la quiere llevar a la práctica (Sabri no sabe procrastinar) así que al otro día, mientras desayunábamos me dijo "Hoy podríamos hacer la vuelta de Chelun..." A mí me asustó un poco, me parecía que era lejísimos para caminar y últimamente estoy un poco bajoneada y me falta motivación, pero en seguida me animé y me dije que igual no teníamos otros planes y que nos haría bien el ejercicio, para variar. Además, en contra del pronóstico, todavía no quería llover y había sol y cielo azul entre las nubes.
Salimos 9.30 de casa. El día estaba precioso, con solcito y no muy fresco, aunque bastante húmedo. Los primeros minutos me costó entrar en calor pero después llegar hasta Chelun fue más rápido de lo que pensaba, aunque nos cruzamos algunos autos y camiones. En el campo las rutas son muy estrechas, en algunas sólo hay lugar para un auto y si viene alguien de frente hay que ir la mitad por la banquina. A mi me asusta, porque no estoy acostumbrada y al caminar o andar en bici la sensación de que te pasan muy cerca es desagradable. Ni hablar si es un camión o un tractor...
Pero al llegar a Chelun el primer tramo estaba hecho y lo que quedaba del camino eran rutas más chiquitas y menos transitadas. El sol empezaba a esconderse entre cada vez más nubes, pero ya estábamos en marcha. Teníamos las máscaras en los bolsillos y las atestaciones en el celular, por si nos paraba la policía, pero el pueblo estaba desierto. Nunca vimos a nadie controlando por el virus en la campaña, no sé si se toman el esfuerzo de hacerlo.
Pasamos infinitas veces por Chelun en auto, está en el camino que tomamos para ir a Rennes, pero hacerlo caminando es distinto, se puede prestar más atención a los detalles, a las casas, las granjas, los perros que ladran, las ventanas con sus macetas de flores y sus cortinas bien arregladas. Es como descubrirlo de nuevo. Había un aire de calma de pueblo que me trajo la sensación de estar caminando por la República de Chile camino al parque, en Mercedes, casi miro para atrás para ver si Malena no me pisaba los talones. Imposible, Malena respira ahora el aire fresco de primavera mientras nosotras chapoteamos en la tierra húmeda por las lloviznas otoñales.
Chelun es diminuto, pero pintoresco, tiene una mini iglesia con su campanario pretencioso (siempre pienso eso cuando lo veo, porque es chiquito, pero está recargado de detalles) y varias antiguas casas de piedra , que por cierto son más de las que pensaba que había. A la salida, en la ruta que lleva a Brains-sur-les-Marches, cruza un arroyo que hace un pequeño estanque y tiene a los lados unas columnas de piedra que no podemos saber para qué servirían ni que tan viejas son. Después de una pequeña pendiente que me pareció menos empinada que cuando la hago en bicicleta, empieza el campo abierto, que en esta época esta de un color verde brillante casi irreal y más atrás, se ve lo que nosotras llamamos el bosquecito del cruce de Chelun, de color otoñal.
La segunda etapa de nuestro camino termina al pasar el bosquecito, en el cruce con la ruta que nos lleva de vuelta a la Rouaudière. El bosque esta precioso en esta época en la que contrastan los diferentes colores de las vegetación. Los helechos se ponen de un marrón oscuro que parece que se hubieran quemado, los árboles empiezan a perder las hojas, aunque alguna verde todavía persiste y en el suelo, sobre todo en el montículo que separa el bosque de la banquina, hay una alfombra de líquenes o musgo de verde fosforescente. El canto de los pájaros se hace más evidente a medida que te vas adentrando y si no pasan autos, es lo único que se escucha. De animales, además de pájaros, sólo vimos una salamandra y un ratoncito aplastados por los autos, como figuritas de álbum de colección, casuales víctimas de la ruta en el medio del bosque. Miro con atención esperando ver algo más grande, un cervatillo con su mamá o un jabalí, aunque en el mismo momento pienso que si veo uno me daría miedo. No tuvimos suerte (¿o si?), desde la ruta al menos no se ve nada más. La energía de los árboles y la naturaleza es tan positiva que me sentía feliz mientras lo cruzaba, saqué fotos y al final me hice una carrera corriendo que me dejó sin aliento. "¡Qué simple, que genial idea la de salir hoy de casa!"
Al llegar al cruce nos quedaba la última etapa, no menos larga. Empezaba a estar cansada y además, conozco muy bien esa ruta y podía saber exactamente lo lejos que estábamos. Pero para llegar y poder descansar, no había otra avanzar en el camino, así que seguimos, primero entre algunos árboles, dejando atrás el bosque y después en campo abierto, con la vista de las vacas, la ruta ondulante y las siembras otoñales. Casi todo es hierba para las vacas aunque quizás haya algún cereal demasiado chico aún para que lo pueda distinguir. Por momentos, se puede sentir un ligero olor a repollo que viene de parcelas enteras sembradas de una especie de col que supongo que es también para forraje. Nunca había visto tanta cantidad de coles juntas y el olor me recuerda al de los plantines de repollo, brócoli y coliflor, cuando regaba el invernadero en los meses que trabajé en la huerta.
Pasadas un par de curvas, por fin pudimos ver la casa enorme de la vieja granja que está antes de llegar a La Rouaudière. El camino empezaba a hacerse más largo a medida que sabíamos que estábamos llegando, los pies se sentían pesados. Pero al pasar la entrada de esa granja, ya solo queda salir de la ruta hacía la derecha, antes del cementerio, en el caminito bajo los árboles que pasa junto a la parcela de Ives y Finas (los caballos de la vecina), pasar el misterioso depósito de autos abandonados y después, por fin, tomar el camino asfaltado que rodea la granja y lleva a L'Ermenaudière. Saludamos a los terneros, que todavía no son tan curiosos como sus madres y tías. Cada dos o tres días, Camille les agranda la parcela para que siempre tengan trébol verde y fresco, y me encanta observar el rastro que van dejando de terreno más comido y terreno nuevo. Parecen muy contentos con su hierba tierna y crujiente.
Llegamos a casa después de pasar la granja y nos felicitamos por el esfuerzo. Tardamos dos horas, que es casi lo mismo que tardamos en hacer el tour de la laguna en Martigné.
Quedarse todo el día en casa, después de ese esfuerzo, ya lo podemos encarar de otra manera y además, me da material para el blog, fresco y tierno como el trébol de los terneros.
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