Nuevo confinamiento

Me propuse mantener este blog lo más posible y escribir por lo menos dos post por semana.

Es un buen ejercicio para comprometerme a practicar la escritura y sobre todo para animarme a mostrar una parte de mí, así que quiero mantenerlo aunque me parezca que no tengo nada para contar. 

El miércoles pasado anunciaron un nuevo confinamiento en Francia y en principio pensé que no me iba a cambiar mucho las cosas, a lo sumo las probabilidades de encontrar un trabajo serían más bajas, pero de todas maneras ya tenía pocas expectativas con eso para el invierno. Tampoco de conocer mucha gente nueva, la mayoría de las actividades y encuentros ya estaban limitados.

Lo de salir de paseo los fines de semana en estos días no se nos antoja tanto. Ahora hace una semana (creo, ya perdí la cuenta) que no hay un día entero de cielo azul, de a ratitos se adivina un pedacito entre las nubes, algunas tardes un rayo de sol se escapa y entra por la ventana del salón. Cuando lo siento, dejo un rato de escribir o de leer y cierro los ojos, unos segundos, disfruto la calidez y sigo haciendo lo mío, consciente de que hay que aprovecharlo porque no va a durar mucho. A los pocos minutos, las nubes grises vuelven a cubrirlo todo. Por suerte nuestra casa es muy luminosa, a pesar del cielo cubierto. Es una de sus grandes ventajas. Casi todos los días llueve. Finito y constante. Apenas moja pero sumado a las ráfagas de viento, no invita para nada a salir. Las noches son frías y húmedas para dormir en el coche, pasar un día sin tomar algo calentito a la mañana me parecería una tortura. Dar la vuelta por el camino de la granja ya es una muestra de voluntad enorme y eso está permitido hacerlo, por ahora.

Ayer a la mañana, último día de libertad, fuimos a hacer unas compras de último momento en el supermercado, Sabri quería hacerse una reserva de hojas (está siguiendo un curso para aprender dibujo) y yo, me compré queso de rayar, muzarela y cerveza (la explicación puede ser tema para otro post). El super estaba lleno, pero lleno de gente, como no lo había visto antes. Mientras buscábamos las pocas cosas que necesitábamos miré un poco lo que la gente se llevaba en los carritos. La mayoría estaba lleno de botellas, de agua, de jugo o gaseosas, de leche. También cajas de cereales y de galletitas. En algunas esquinas la gente se quedaba hablando de las nuevas noticias con algún conocido, apurados, pero aprovechando esa última oportunidad de socializar antes de encerrarse en casa con la familia. En las estanterías de las harinas, vimos que solo se podían llevar dos paquetes por grupo familiar. El papá de Sabri ya nos había dicho que era lo primero que se agotaba, las harinas, los huevos y la manteca (a mi eso, acá, me dice crêpes).

Volvimos a casa pensando que era la última vez que hacíamos las compras de a dos, que no es poca cosa cuando lo hacés una vez cada 15 días y volvés con un carrito y una canasta llenas de comida. Las veces que fui sola al mercado el confinamiento pasado tenía que hacer pausas en el camino para descansar un poco los brazos. Anímicamente, es un bajón también pensar que me quedo sin aire caminando 300 metros con unas bolsas.  

Así, fui cayendo de a poquito en que tampoco podríamos ir a Martigné a hacer el tour de la laguna, que cerrarían la pileta y que salir a pasear en caballo con Félice y Rose tampoco estaría permitido.

Otro golpe grande fue saber que no podríamos ir a buscar nuestro nuevo colchón a Rennes. El papá de Sabri nos regaló uno nuevo, porque en el que teníamos, uno de resortes del dueño de la casa, viejísimo, ya era imposible dormir, nos levantábamos más contracturadas que al acostarnos. Hicimos un último intento de llamar al local para ver si ya lo tenían en stock e irlo a buscar, pero no, tenemos que seguir esperando. De todas maneras, sacamos el colchón y la cama vieja y estamos durmiendo sobre el que compramos en el verano para poner en el auto. Más chiquito y finito, pero nos vamos a arreglar con ese hasta que llegue el nuevo. Aparte, nos gusta, la habitación quedó de un estilo medio japonés con el colchón finito sobre el suelo y el biombo de bambú que ya teníamos. Ahora que ya no está me doy cuenta hasta que punto era fea la cama que teníamos. 

Como no vamos a ir a Rennes en un futuro cercano me decidí y me compré unas lanas por internet (éstas). Así sumo un nuevo pasatiempo invernal.

La ventaja de este confinamiento con respecto al otro es que ahora tenemos internet y me siento un poco más conectada. Y en vez de salir a hacer ejercicio puedo seguir rutinas en youtube. Supongo que es positivo aunque ahora hace tres días que no puedo bajar las escaleras del sótano, donde está la heladera, por lo mucho que me duelen las piernas después de hacer una de esas rutinas "para principiantes" que te engañan empezando con ejercicios sencillitos y terminan haciéndote hacer sentadillas a los saltos, flexiones con un brazo y tablas de abdominales. Todo sea para mantenerme en forma y no quedarme sin aliento al hacer las compras yo solita.

Si agregamos la montaña de leña que llegó hace unas semanas y que ya está acomodadita en el hangar podemos decir que estamos preparadas para un confinamiento que dure todo el invierno. 

Aunque francamente, espero que no sea así, porque mi nivel de conversación en francés va a sufrir serios retrocesos y el blog va a ser el más aburrido de la historia si solo puedo contar sobre videos de sentadillas en youtube y tejidos de medias de lana. 



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